
Durante décadas hemos hablado de secularización para describir el alejamiento de muchos cristianos de la Iglesia y de la práctica religiosa. Sin embargo, quizá hoy necesitemos preguntarnos si ese diagnóstico sigue siendo suficiente o si la realidad es más compleja de lo que solemos afirmar.
Es evidente que muchas personas han abandonado prácticas religiosas tradicionales y una cierta vivencia sacramental. Pero eso no significa necesariamente que hayan rechazado el Evangelio, la dimensión espiritual o la búsqueda de sentido. Tal vez lo que se está produciendo no es simplemente un abandono de la fe, sino también el agotamiento de determinadas formas históricas de vivirla que ya no logran dialogar con la cultura contemporánea.
En este contexto, el Concilio Vaticano II sigue siendo una referencia decisiva. Frente a una visión defensiva de la secularización, el Concilio propuso una Iglesia más abierta al diálogo con el mundo y más consciente de la misión de los laicos en la sociedad. El capítulo IV de Lumen Gentium y también Apostolicam Actuositatem, desarrollaron una comprensión nueva del laico cristiano: no como mero colaborador interno de la parroquia, sino como auténtico sujeto eclesial llamado a transformar el mundo desde dentro y ante su próxima visita debiéramos valorar la catequesis reciente ofrecida por el Papa León XIV sobre estos dos capítulos.
El Concilio comprendió que la misión del cristiano no termina en el templo. El laico está llamado a vivir su fe en medio de la vida cotidiana, en la cultura, en la economía, en la educación, en la política, en el trabajo y en las relaciones sociales. No se trata de escapar del mundo, sino de evangelizarlo desde la propia responsabilidad humana y social.
Sin embargo, más de sesenta años después del Vaticano II, debemos reconocer que esta eclesiología apenas ha sido asumida en muchas de nuestras comunidades. Durante mucho tiempo hemos continuado formando cristianos principalmente para la práctica sacramental y para tareas internas de la vida parroquial, pero no suficientemente para una presencia creyente madura en la sociedad contemporánea.
En este sentido, resulta especialmente iluminadora la reflexión del Papa Francisco en Evangelii Gaudium cuando afirma: «Aunque se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico» (EG 102).
O cuando dice a los jóvenes : «Sueño que toda una generación de jóvenes cristianos sean para sus contemporáneos la Doctrina Social de la Iglesia con pies».
Las palabras de Francisco señalan un problema profundo. Hemos multiplicado en ocasiones los servicios internos dentro de la Iglesia, pero no siempre hemos ayudado a los laicos a descubrir que su verdadera vocación cristiana se juega también en el corazón de la sociedad. Quizá el problema no sea únicamente la secularización, sino también nuestra dificultad para formar creyentes capaces de integrar fe y vida.
Muchos hombres y mujeres continúan mostrando sensibilidad hacia la justicia, la solidaridad, la dignidad humana, el cuidado de los pobres o el compromiso ético. Existe una búsqueda de autenticidad y de sentido que sigue abierta. Pero frecuentemente la Iglesia no ha sabido ofrecer espacios de reflexión, diálogo y acompañamiento donde esa búsqueda pueda madurar como experiencia cristiana adulta.
Por ello, tal vez deberíamos preguntarnos si hemos reducido excesivamente la fe a la práctica religiosa y a la conservación institucional, olvidando la dimensión histórica y transformadora del Evangelio. El Vaticano II soñó con comunidades donde los laicos reflexionaran sobre la realidad social a la luz de la fe, donde existiera diálogo entre Evangelio y cultura, y donde el compromiso por el bien común fuese entendido como una expresión concreta de la caridad cristiana.
Por eso, quizá más que hablar únicamente de una 'crisis de fe', deberíamos reconocer también una crisis de mediaciones eclesiales y una insuficiente recepción pastoral del Concilio Vaticano II.
La secularización existe, sin duda. Pero quizá también nos está llamando a redescubrir una forma más adulta, dialogante y comprometida de vivir el cristianismo. Una fe capaz de habitar el mundo contemporáneo sin miedo y de ofrecer, desde dentro de la sociedad, una presencia evangélica al servicio de la dignidad humana y del bien común.
(Felipe Santamaría)
(*) Artículo publicado el 23 de mayo de 2026 en El Diario Montañés, original aquí