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Parroquia de San Julián de los Prados

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Actualidad

II Domingo de Pascua



 Primera lectura 

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles He 5, 12-16

    Por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Todos se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, una multitud tanto de hombres como de mujeres, que se adherían al Señor.
    
La gente sacaba los enfermos a las plazas, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno.

    Acudía incluso mucha gente de las ciudades cercanas a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos eran curados.

Salmo  
Sal 117. 

    R. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia

Segunda lectura 
Lectura del libro del Apocalipsis Ap 1, 9-11a. 12-13. 17-19

    Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia en Jesús, estaba desterrado en la isla llamada Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. El día del Señor fui arrebatado en espíritu y escuché detrás de mí una voz potente como de trompeta que decía:

    «Lo que estás viendo, escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias».

    Me volví para ver la voz que hablaba conmigo, y, vuelto, vi siete candelabros de oro, y en medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, y ceñido el pecho con un cinturón de oro.

    Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Pero él puso su mano derecha sobre mí, diciéndome:

    «No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que estás viendo: lo que es y lo que ha de suceder después de esto.

Evangelio del día 
Lectura del santo Evangelio según San Juan Jn 20, 19-31

    “Paz a vosotros

    Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

    «Paz a vosotros».

    Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

    «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

    Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

    «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

    Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

    «Hemos visto al Señor».

    Pero él les contestó:

    «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

    A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

    «Paz a vosotros».

    Luego dijo a Tomás:

    «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

    Contestó Tomás:

    «Señor mío y Dios mío!».

    Jesús le dijo:

    «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

    Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Domingo de Resurrección


 

Primera lectura 

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles He 10, 34a. 37-43

   En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

    «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

    Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. 

    Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».


Salmo  
Sal 117. 

    R. Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo

Segunda lectura 
Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Colosenses Col 3, 1-4

    Hermanos:

   Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

Evangelio del día 
Lectura del santo Evangelio según San Juan Jn 20 1-9

    “Entró, vio y creyó

    El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:

    «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

    Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

    Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

    Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.

    Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Viernes Santo


 Primera lectura 

Lectura del libro de Isaías Is 52, 13-53, 12

   MIRAD, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él
porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos,
ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito.

    ¿Quién creyó nuestro anuncio?; ¿a quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado.

    Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.
Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas,
cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

    Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién se preocupará de su estirpe? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. 

    Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. 

    Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.


Salmo  
Sal 30. 

    R. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

Segunda lectura 
Lectura de la carta a los Hebreos Heb  4, 14-16; 5, 7-9

    Hermanos:

   Ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno.

    Cristo, en efecto, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Evangelio del día 
Lectura del santo Evangelio según San Juan Jn 18, 1-19, 42

    “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

    En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:

     «¿A quién buscáis?».

    Le contestaron:

    «A Jesús, el Nazareno».

    Les dijo Jesús:

    «Yo soy».

    Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:

    «¿A quién buscáis?».

    Ellos dijeron:

    S. «A Jesús, el Nazareno».

    Jesús contestó:

    «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos».

    Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».

    Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:

    «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».

    La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».

    Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:

    «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».

    Él dijo:

    «No lo soy».

    Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose. El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina. Jesús le contestó:

    «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».

    Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:

    «¿Así contestas al sumo sacerdote?».

    Jesús respondió:

    «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».

    Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:

    «¿No eres tú también de sus discípulos?».

    Él lo negó, diciendo:

    «No lo soy».

    Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:

    «¿No te he visto yo en el huerto con él?».

    Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:

    «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?».

    Le contestaron:

    «Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».

    Pilato les dijo:

    «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley».

    Los judíos le dijeron:

    «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».

    Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir. Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:

    «¿Eres tú el rey de los judíos?».

    Jesús le contestó:

    «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».

    Pilato replicó:

    «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».

    Jesús le contestó:

    «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

    Pilato le dijo:

    «Entonces, ¿tú eres rey?».

    Jesús le contestó:

    «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».

    Pilato le dijo:

    «Y, ¿qué es la verdad?».

    Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:

    «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».

    Volvieron a gritar:

    «A ese no, a Barrabás».

    El tal Barrabás era un bandido.

    Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:

    «Salve, rey de los judíos!».

    Y le daban bofetadas. Pilato salió otra vez afuera y les dijo:

    «Mirad, os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».

    Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:

    «He aquí al hombre».

    Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:

    «Crucifícalo, crucifícalo!».
    
    Pilato les dijo:

    «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».

    Los judíos le contestaron:

    «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».

    Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús:

    «¿De dónde eres tú?».

    Pero Jesús no le dio respuesta.

    Y Pilato le dijo:

    «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».

    Jesús le contestó:

    «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».

    Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:

    «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».

    Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo “Gábbata”). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía. Y dijo Pilato a los judíos:

    «He aquí a vuestro rey».

    Ellos gritaron:

    «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».

    Pilato les dijo:

    «¿A vuestro rey voy a crucificar?».

    Contestaron los sumos sacerdotes:

   «No tenemos más rey que al César».

    Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, e! Nazareno, el rey de los judíos».

    Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego. Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:

    «No escribas “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».

    Pilato les contestó:

    «Lo escrito, escrito está».

    Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:

    «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».

    Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.

    Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:

    «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

    Luego, dijo al discípulo:

    «Ahí tienes a tu madre».

    Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:

    «Tengo sed».

    Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:

    «Está cumplido».

    E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

    Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura:

    «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

    Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.

    Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Jueves Santo


Primera lectura 

Lectura del libro del Éxodo Ex 12, 1-8. 11-14

    En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: 

    «Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de los hijos de Israel: “El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino más próximo a su casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.

    Será un animal sin defecto, macho, de un año; lo escogeréis entre los corderos o los cabritos. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer”. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas.

    Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.

    Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor.
La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora, cuando yo hiera a la tierra de Egipto.

    Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis».

Salmo  
Sal 115. 

    R. El caliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo

Segunda lectura 
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1 Cor 11, 23-26

    Hermanos:

    Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo:

    «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».

    Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:

    «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

    Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Evangelio del día 
Lectura del santo Evangelio según San Juan Jn 13, 1-15

    “Los amó hasta el extremo

    Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

    Llegó a Simón Pedro, y este le dice:

    «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».

    Jesús le replicó:

    «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

    Pedro le dice:

    «No me lavarás los pies jamás».

    Jesús le contestó:

    «Si no te lavo, no tienes parte conmigo».

    Simón Pedro le dice:

    «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza».

    Jesús le dice:

    «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

    Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

    Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:

    «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».


Domingo de Ramos

 Primera lectura 

Lectura del libro de Isaías Is 50, 4-7

    El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.

    Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

    El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás.

    Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

    El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Salmo  
Sal 21. 

    R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Segunda lectura 
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses Flp 2, 6-11

    Cristo, Jesús, siendo de condición divina,no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.

    Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.

    Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame:

    Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Evangelio del día 
Lectura del santo Evangelio según San Lucas Lc 22, 14-23, 56

    “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

    Cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él y les dijo:

    - «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios».

    Y, tomando un cáliz, después de pronunciar la acción de gracias, dijo:

    - «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios».

    Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo:

    - «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía».

    Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz diciendo:

    - «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros. Pero mirad: la mano del que me entrega está conmigo, en la mesa. Porque el Hijo del hombre se va, según lo establecido; pero ¡ay de aquel hombre por quien es entregado!».

    Ellos empezaron a preguntarse unos a otros sobre quién de ellos podía ser el que iba a hacer eso.

    Se produjo también un altercado a propósito de quién de ellos debía ser tenido como el mayor. Pero él les dijo:

    - «Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Vosotros no hagáis así, sino que el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve. Porque quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve.
    
    Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

    Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como trigo. Pero yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos».

    Él le dijo:

    - «Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte».

    Pero él le dijo:

    - «Te digo, Pedro, que no cantará hoy el gallo antes de que tres veces hayas negado conocerme».

    Y les dijo:

    - «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?».

    Dijeron:

    - «Nada».

    Jesús añadió:

    - «Pero ahora, el que tenga bolsa, que la lleve consigo, y lo mismo la alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una. Porque os digo que es necesario que se cumpla en mí lo que está escrito: “Fue contado entre los pecadores”, pues lo que se refiere a mí toca a su fin».

    Ellos dijeron:

    - «Señor, aquí hay dos espadas».

    Él les dijo:

    - «Basta».

    Salió y se encaminó, como de costumbre, al monte de los Olivos, y lo siguieron los discípulos. Al llegar al sitio, les dijo:

    - «Orad, para no caer en tentación».

    Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, arrodillado, oraba diciendo:

    - «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».

    Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre. Y, levantándose de la oración, fue hacia sus discípulos, los encontró dormidos por la tristeza, y les dijo:

    - «¿Por qué dormís? Levantaos y orad, para no caer en tentación».

    Todavía estaba hablando, cuando apareció una turba; iba a la cabeza el llamado Judas, uno de los Doce. Y se acercó a besar a Jesús. Jesús le dijo:

    - «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».

    Viendo los que estaban con él lo que iba a pasar, dijeron:

    - «Señor, ¿herimos con la espada?».

    Y uno de ellos hirió al criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino diciendo:

    - «Dejadlo, basta».

    Y, tocándole la oreja, lo curó. Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los oficiales del templo, y a los ancianos que habían venido contra él:

    - «¿Habéis salido con espadas y palos como en busca de un bandido? Estando a diario en el templo con vosotros, no me prendisteis. Pero esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas».

    Después de prenderlo, se lo llevaron y lo hicieron entrar en casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía desde lejos. Ellos encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor, y Pedro estaba sentado entre ellos. Al verlo una criada sentado junto a la lumbre, se lo quedó mirando y dijo:

    - «También este estaba con él».

    Pero él lo negó diciendo:

    -  «No lo conozco, mujer».

    Poco después, lo vio otro y le dijo:

    - «Tú también eres uno de ellos».

    Pero Pedro replicó:

    - «Hombre, no lo soy».

    Y pasada cosa de una hora, otro insistía diciendo:

    - «Sin duda, este también estaba con él, porque es galileo».

    Pedro dijo:

    - «Hombre, no sé de qué me hablas».

    Y enseguida, estando todavía él hablando, cantó un gallo. El Señor, volviéndose, le echó una mirada a Pedro, y Pedro se acordó de la palabra que el Señor le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. 

    Y los hombres que tenían preso a Jesús se burlaban de él, dándole golpes. Y, tapándole la cara, le preguntaban diciendo:

    - «Haz de profeta: ¿quién te ha pegado?».

    E, insultándolo, proferían contra él otras muchas cosas. Cuando se hizo de día, se reunieron los ancianos del pueblo, con los jefes de los sacerdotes y los escribas; lo condujeron ante su Sanedrín, y le dijeron:

    - «Si tú eres el Mesías, dínoslo».

    Él les dijo:

    - «Si os lo digo, no lo vais a creer; y si os pregunto, no me vais a responder. Pero, desde ahora, el Hijo del hombre estará sentado a la derecha del poder de Dios».

    Dijeron todos:

    - «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?».

    Él les dijo:

    - «Vosotros lo decís, yo lo soy».

    Ellos dijeron:

    - «Qué necesidad tenemos ya de testimonios? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca».

    Y levantándose toda la asamblea, lo llevaron a presencia de Pilato. Y se pusieron a acusarlo diciendo:

    - «Hemos encontrado que este anda amotinando a nuestra nación, y oponiéndose a que se paguen tributos al César, y diciendo que él es el Mesías rey».

    Pilato le preguntó:

    - «Eres tú el rey de los judíos?».

    Él le responde:

- «Tú lo dices».

    Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la gente:

    - «No encuentro ninguna culpa en este hombre».

    Pero ellos insistían con más fuerza, diciendo:

    - «Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde que comenzó en Galilea hasta llegar aquí».

    Pilato, al oírlo, preguntó si el hombre era galileo; y, al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, que estaba precisamente en Jerusalén por aquellos días, se lo remitió. Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, pues hacía bastante tiempo que deseaba verlo, porque oía hablar de él y esperaba verle hacer algún milagro. Le hacía muchas preguntas con abundante verborrea; pero él no le contestó nada.

    Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándolo con ahínco. Herodes, con sus soldados, lo trató con desprecio y, después de burlarse de él, poniéndole una vestidura blanca, se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos entre sí Herodes y Pilato, porque antes estaban enemistados entre sí. Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo:

    - «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo; y resulta que yo lo he interrogado delante de vosotros y no he encontrado en este hombre ninguna de las culpas de que lo acusáis; pero tampoco Herodes, porque nos lo ha devuelto: ya veis que no ha hecho nada digno de muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».

    Ellos vociferaron en masa:

    - «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás».

    Este había sido metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio. Pilato volvió a dirigirles la palabra queriendo soltar a Jesús, pero ellos seguían gritando:

    - «¡Crucifícalo, crucifícalo!».

    Por tercera vez les dijo:

    - «Pues ¿qué mal ha hecho este? No he encontrado en él ninguna culpa que merezca la muerte. Así que le daré un escarmiento y lo soltaré».

    Pero ellos se le echaban encima, pidiendo a gritos que lo crucificara; e iba creciendo su griterío. Pilato entonces sentenció que se realizara lo que pedían: soltó al que le reclamaban (al que había metido en la cárcel por revuelta y homicidio), y a Jesús se lo entregó a su voluntad.

    Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús. Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo:

    - «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: “Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado”. Entonces empezarán a decirles a los montes: “Caed sobre nosotros”, y a las colinas: “Cubridnos”; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?».

    Conducían también a otros dos malhechores para ajusticiarlos con él. Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía:

    - «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

    Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas diciendo:

    - «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».

    Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo:

    - «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

    Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:

    - «No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

    Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía:

    - «Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».

    Y decía:

    - «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».

    Jesús le dijo:

    - «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

    Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra, hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo:

    - «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu».

    Y, dicho esto, expiró. El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios diciendo:

    - «Realmente, este hombre era justo».

    Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho. Todos sus conocidos y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea se mantenían a distancia, viendo todo esto.

    Había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo (este no había dado su asentimiento ni a la decisión ni a la actuación de ellos); era natural de Arimatea, ciudad de los judíos, y aguardaba el reino de Dios. Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía.

    Era el día de la Preparación y estaba para empezar el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo. Al regresar, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron de acuerdo con el precepto.

Calendario cultos Semana Santa 2022

 

Domingo de Ramos



Misas: 11:00,12:00,13:00

Habrá Bendición de Ramos también en la misa del sábado a las 19:30


Lunes, Martes y Miércoles Santo


Confesiones antes de la Eucarístía 18:30

Eucaristía 19:30


Jueves Santo


Cena del Señor a las 17:00

Hora Santa a las 22:00

La iglesia estará abierta desde las 16:30 hasta la Hora Santa


Viernes Santo


Celebración de la Pasión del Señor a las 17:00

Viacrucis a las 20:00

La iglesia estará abierta desde las 10:00 hasta las 13:00


Sábado Santo


Celebración Vigilia Resurrección del Señor a las 22:00

Domingo de Pascua


Misas a las 12:00 y las 13:00

Se suprime la misa de 11:00

V Domingo de Cuaresma


 

Primera lectura 

Lectura del profeta Isaías Is 43, 16-21

    Esto dice el Señor,que abrió camino en el mar y una senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, la tropa y los héroes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue.

    «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto, corrientes en el yermo. Me glorificarán las bestias salvajes, chacales y avestruces, porque pondré agua en el desierto, corrientes en la estepa, para dar de beber a mi pueblo elegido, a este pueblo que me he formado para que proclame mi alabanza».

Salmo 
Sal 125. 

    R. El señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres.

Segunda lectura 
Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses Flp 5, 17-21

    Hermanos:
    
   Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Todo para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos.

 No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo.

    Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.

Evangelio del día 
Lectura del santo Evangelio según San Juan Jn 8, 1-11

    “Tampoco yo te condeno

    En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

    «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».

    Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

    «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

    E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos, Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:

    «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».

    Ella contestó:

    «Ninguno, Señor».

    Jesús dijo:

    «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Concierto Luz y Tinieblas


    
    El sábado 2 de abril podremos disfrutar de un concierto a cargo de la Escolanía San Salvador, donde recrearán el Oficio de Tinieblas, con obras de Don Alfredo, del Padre Prieto, de Nemesio Otaño y Tomás Luis de Victoria. 

    El Oficio de Tinieblas es una ceremonia litúrgica que se realiza con todas las luces del templo apagadas. Únicamente lo ilumina el llamado tenebrario, un candelabro triangular especial que consta de quince velas. Estas representan a los once apóstoles que permanecieron fieles tras la traición de Judas Iscariote, a las tres Marías (María Salomé, María de Cleofás y María Magdalena) y a la Virgen María. 

horarios

Misas

Laborales, sábados y visperas de festivo:

19:30h

Domingos y festivos

11:00h, 12:00h y 13:00h.

Horarios especiales de Navidad aquí

Julio, agosto y septiembre:

Se anula la misa de 12:00h del domingo.

Bautizos:

Segundo y cuarto domingo de cada mes tras la misa de las 13:00

MUY IMPORTANTE:

Consulta aquí los criterios para celebrar sacramentos en nuestra parroquia.

Despacho parroquial

Jueves y viernes

Septiembre a julio: de 18:00 a 19:00h

Julio a agosto: sólo viernes de 20:00 a 21:00h.

Teléfonos: 600 407 333 / 985 28 55 820

Confesión

Todos los días antes de misa, cuando se solicite.

Visitas

Consulta aquí los horarios de visita.

Donativos

Consulta aquí cómo donar a la parroquia

EVANGELIO

Al día siguiente vió venir a Jesus y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: En pos de mí viene un varón que ha pasado delante de mí, porque era primero que yo. Yo no le conocía; mas para que El fuese manifestado a Israel he venido yo, y bautizo en agua.

Evangelio de San Juan

Capítulo 1:29-31

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque el juicio que vosotros hacéis, se aplicará a vosotros, y la medida que usáis, se usará para vosotros. ¿Por qué ves la pajuela que esta en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está en tu ojo?

Evangelio de San Mateo

Capítulo 7:1-3

Si, pues, vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial os perdonará también; pero si vosotros no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestros pecados”.

Evangelio de San Mateo

Capítulo 6:14-15

Y cuando os ponéis de pie para orar, perdonad lo que podáis tener contra alguien, a fin de que también vuestro Padre celestial os perdone vuestros pecados. Si no perdonáis, vuestro Padre que está en los cielos no os perdonará tampoco vuestros pecados.

Evangelio de San Marcos

Capítulo 11:25-26

"Ahora bien, en la Ley, Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Y Tú, qué dices?". Esto decían para ponerlo en apuros, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir en el suelo, con el dedo. Como ellos persistían en su pregunta, se enderezó y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, tire el primero la piedra contra ella”.

Evangelio de San Juan

Capítulo 8:5-7