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Los gemidos de la tierra quemada

En estos días de verano en que los incendios protagonizan las portadas de periódicos, los boletines de radio y las aperturas de los telediarios queremos compartir este artículo del arzobispo de Málaga, José Antonio Sanué, un mensaje de esperanza frente a los destrozos de los fuegos incontrolados.


    Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla,

    Este verano, el fuego está devorando miles de hectáreas en numerosos puntos de la geografía española. Detrás de cada incendio hay paisajes destruidos, animales muertos, personas y familias que, tienen que abandonar sus casas con miedo; también hay muchos hombres y mujeres que trabajan —y a veces mueren— para apagar el fuego y proteger a los demás. A todos ellos quiero expresar mi cercanía, mi gratitud y mi oración.

    Al contemplar las imágenes de tantas hectáreas calcinadas, al experimentar el intenso olor a quemado y recibir del cielo la “lluvia gris” de la ceniza, acudían con frecuencia a mi corazón las palabras de san Pablo a los Romanos: «la creación está gimiendo y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Estamos llamados a escuchar los gritos de la naturaleza, de la que también nosotros, los seres humanos, formamos parte.

    El dolor de nuestros hermanos y hermanas que han sufrido más directamente la plaga de los incendios, junto con los gemidos de la tierra quemada, nos invitan a adoptar un nuevo modelo de relación con la naturaleza. Durante siglos, «hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla» (LS 2). Ya es tiempo de asumir la misión de «labrar y cuidar» el jardín del mundo (cf. Gn 2,15): «Mientras “labrar” significa cultivar, arar o trabajar, “cuidar” —enseñó el papa Francisco— significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar» (LS 67).

    No es de extrañar que nos resulte difícil –a las personas, a las instituciones y a la sociedad en su conjunto– abandonar un modelo tan arraigado, basado en el supuesto derecho a expoliar la creación, para adoptar otro radicalmente distinto: el de sentir la urgencia de cuidarla.

    No podemos afrontar esta dolorosa realidad desde una discusión ideológica que nos enfrenta mucho y resuelve casi nada. Tampoco deberíamos acostumbrarnos al deterioro progresivo del planeta ni asumir como algo inevitable que cada verano grandes extensiones queden arrasadas por las llamas. Es necesario preguntarnos qué podemos hacer cada uno para cuidar mejor la tierra. No todo depende de nosotros, pero una buena parte está en nuestras manos.

    Cuidar la creación implica consumir de manera responsable, proteger el agua de la contaminación, preparar los bosques para prevenir y combatir los incendios, favorecer las condiciones de vida de quienes viven en los pueblos más pequeños y enseñar a las nuevas generaciones la importancia y la urgencia de cuidar la naturaleza. Cuidar la creación supone custodiar también nuestra propia vida y la vida de los demás, especialmente la de quienes más sufren.

    El papa León XIV nos ha recordado que «la justicia ambiental […] representa una necesidad urgente que va más allá de la simple protección del medio ambiente. En realidad, se trata de una cuestión de justicia social, económica y antropológica. Para los creyentes, además, es una exigencia teológica que, para los cristianos, tiene el rostro de Jesucristo, en quien todo ha sido creado y redimido. En un mundo en el que los más frágiles son los primeros en sufrir los efectos devastadores del cambio climático, la deforestación y la contaminación, el cuidado de la creación se convierte en una cuestión de fe y de humanidad» (Mensaje para la X Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación).

    Que Dios nos ayude a escuchar los gemidos de la tierra quemada y de quienes más han sufrido la catástrofe de los incendios. Y que este sufrimiento no sea inútil, sino que se convierta realmente en dolores de parto de un nuevo modo —más humano, más solidario y más cristiano— de relacionarnos con la hermana madre Tierra.

    Un saludo muy cordial en el Señor.

+ José Antonio Satué

Obispo de Málaga


El artículo completo aquí

La secularización: ¿abandono de la fe o falta de formación?


    Durante décadas hemos hablado de secularización para describir el alejamiento de muchos cristianos de la Iglesia y de la práctica religiosa. Sin embargo, quizá hoy necesitemos preguntarnos si ese diagnóstico sigue siendo suficiente o si la realidad es más compleja de lo que solemos afirmar.

    Es evidente que muchas personas han abandonado prácticas religiosas tradicionales y una cierta vivencia sacramental. Pero eso no significa necesariamente que hayan rechazado el Evangelio, la dimensión espiritual o la búsqueda de sentido. Tal vez lo que se está produciendo no es simplemente un abandono de la fe, sino también el agotamiento de determinadas formas históricas de vivirla que ya no logran dialogar con la cultura contemporánea.

    En este contexto, el Concilio Vaticano II sigue siendo una referencia decisiva. Frente a una visión defensiva de la secularización, el Concilio propuso una Iglesia más abierta al diálogo con el mundo y más consciente de la misión de los laicos en la sociedad. El capítulo IV de Lumen Gentium y también Apostolicam Actuositatem, desarrollaron una comprensión nueva del laico cristiano: no como mero colaborador interno de la parroquia, sino como auténtico sujeto eclesial llamado a transformar el mundo desde dentro y ante su próxima visita debiéramos valorar la catequesis reciente ofrecida por el Papa León XIV sobre estos dos capítulos.

    El Concilio comprendió que la misión del cristiano no termina en el templo. El laico está llamado a vivir su fe en medio de la vida cotidiana, en la cultura, en la economía, en la educación, en la política, en el trabajo y en las relaciones sociales. No se trata de escapar del mundo, sino de evangelizarlo desde la propia responsabilidad humana y social.

    Sin embargo, más de sesenta años después del Vaticano II, debemos reconocer que esta eclesiología apenas ha sido asumida en muchas de nuestras comunidades. Durante mucho tiempo hemos continuado formando cristianos principalmente para la práctica sacramental y para tareas internas de la vida parroquial, pero no suficientemente para una presencia creyente madura en la sociedad contemporánea.

    En este sentido, resulta especialmente iluminadora la reflexión del Papa Francisco en Evangelii Gaudium cuando afirma: «Aunque se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico» (EG 102).

    O cuando dice a los jóvenes : «Sueño que toda una generación de jóvenes cristianos sean para sus contemporáneos la Doctrina Social de la Iglesia con pies».

    Las palabras de Francisco señalan un problema profundo. Hemos multiplicado en ocasiones los servicios internos dentro de la Iglesia, pero no siempre hemos ayudado a los laicos a descubrir que su verdadera vocación cristiana se juega también en el corazón de la sociedad. Quizá el problema no sea únicamente la secularización, sino también nuestra dificultad para formar creyentes capaces de integrar fe y vida.

    Muchos hombres y mujeres continúan mostrando sensibilidad hacia la justicia, la solidaridad, la dignidad humana, el cuidado de los pobres o el compromiso ético. Existe una búsqueda de autenticidad y de sentido que sigue abierta. Pero frecuentemente la Iglesia no ha sabido ofrecer espacios de reflexión, diálogo y acompañamiento donde esa búsqueda pueda madurar como experiencia cristiana adulta.

    Por ello, tal vez deberíamos preguntarnos si hemos reducido excesivamente la fe a la práctica religiosa y a la conservación institucional, olvidando la dimensión histórica y transformadora del Evangelio. El Vaticano II soñó con comunidades donde los laicos reflexionaran sobre la realidad social a la luz de la fe, donde existiera diálogo entre Evangelio y cultura, y donde el compromiso por el bien común fuese entendido como una expresión concreta de la caridad cristiana.

    Por eso, quizá más que hablar únicamente de una 'crisis de fe', deberíamos reconocer también una crisis de mediaciones eclesiales y una insuficiente recepción pastoral del Concilio Vaticano II.

    La secularización existe, sin duda. Pero quizá también nos está llamando a redescubrir una forma más adulta, dialogante y comprometida de vivir el cristianismo. Una fe capaz de habitar el mundo contemporáneo sin miedo y de ofrecer, desde dentro de la sociedad, una presencia evangélica al servicio de la dignidad humana y del bien común.

(Felipe Santamaría)

(*) Artículo publicado el 23 de mayo de 2026 en El Diario Montañés, original aquí


San Henry Newman, Doctor de la Iglesia

    

    El título de “doctor de la Iglesia” es concedido, por el Papa o un concilio ecuménico, a una persona que por su santidad de vida y la claridad y eminencia de su doctrina se convierte en referente para el crecimiento de la vida cristiana de los fieles. De los 38 doctores de la Iglesia, 4 son españoles: uno vivió en el siglo VII (San Isidoro de Sevilla) y tres en el siglo XVI (Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y San Juan de Ávila). Su influencia es notoria. 

    Hoy día 1 de noviembre, el papa León XIV, declarará doctor de la Iglesia a Sir Henry Newman, nacido en 1801 en Londres, educado en la confesión anglicana y que murió como cardenal de la iglesia católica en 1890. ¿Qué podemos aprender de la santidad de su vida y la eminencia de su doctrina? Unas sugerencias: 

    Cor ad cor loquitur

    El corazón habla a otro corazón Esta es la frase más repetida y comentada de Newman. Ordenado sacerdote anglicano y compaginando su labor docente en la Universidad con la atención en una parroquia pobre, comenzó una pastoral de contacto, novedosa y casi revolucionaria en su tiempo: visitas domiciliarias, encuentros personales, cartas… Newman puso los cimientos de una espiritualidad que hoy reconocemos como precozmente moderna, reflejada en el llamado Movimiento de Oxford, promovido por él. 

    Newman supo compaginar la labor intelectual de altura con el acompañamiento personalizado. En su obra maestra Idea de una universidad, nos dejó su proyecto educativo, apoyado en tres pilares: ciencia, virtud y religión. Un modelo de formación personal e integral. Y en sus más de 20 mil cartas, sus miles de sermones y entrevistas personales, nos acreditó su convencimiento de que la atención personal es la base de una buena educación: la trasmisión de valores humanos, espirituales y religiosos, dependen mucho del testimonio cara a cara. 

    Newman nos hace una llamada al sentido de la responsabilidad en cualquier educador y también en el evangelizador: no se es educador o se evangeliza a tiempo parcial, se reclama un testimonio de vida que deriva en un celo educativo y pastoral ardiente: hoy sobran profesores por horas y faltan maestros a tiempo completo. 

    Su lema como cardenal: cor ad cor loquitur, tomado de una carta de San Francisco de Sales, quería expresar que se había sentido tocado por el corazón de Dios y llamado a trabajar duro para tocar los corazones y las conciencias de los hermanos, tanto anglicanos como católicos. En su libro más famoso: Apología pro vita sua, un ensayo autobiográfico, confiesa con sabor agustiniano: “Oh Dios, alrededor de la idea de tu ser, como si fuera la clave de una bóveda, se ha construido la vida de mi espíritu; sin ella, todo se haría pedazos”. 

    Su apasionada búsqueda de la Verdad y la defensa de la misma, es un pilar en la vida de Newman, y un reclamo para la Iglesia y cada uno de nosotros para vencer cualquier relativismo que nos invita a la cómoda aceptación de la opinión general como si la verdad fuera el fruto de una votación mayoritaria. Para el creyente, la verdad tiene rostro: Yo soy la verdad y la vida. 

    Y la defensa de la Verdad, asegura la Cruz. Y en la vida de Newman se hizo especialmente presente: incomprendido por los anglicanos y recibido con recelo por los católicos, decía: “No me sorprenden las pruebas; es nuestro destino… Durante toda mi vida he predicado que había que sufrir por la verdad; ahora es mi turno… Pero si somos pacientes, Dios trabaja con nosotros. Él trabaja para aquellos que no trabajan para sí mismos”. Newman recodaba a San Pablo y expresaba su propia deseo: “participar en los sufrimientos de Cristo, conformarse con él en la muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección” (cf. Flp 3,10-11). 

    Cada cristiano está llamado a ser un “experto” de Dios, alguien que no solo sabe muchas cosas acerca de Dios, sino que vive en una profunda amistad con Dios, que se pone a escuchar a Dios, que tiene un conocimiento personal de Dios, del Dios de Jesucristo. Creer es poner mi mente y mi corazón junto a un Dios personal que me ha mostrado su rostro, que me ha abierto su corazón: cor ad cor loquitur. 

    Benedicto XVI, con motivo de la beatificación de Newman, señalaba: “lo que necesitamos en este momento de la historia son hombres que, a través de una fe iluminada y vivida, hagan que Dios sea creíble en este mundo. Necesitamos hombres que tengan fija su mirada en Dios, para aprender de él la verdadera humanidad; hombres a los que Dios les abra el corazón, de modo que su inteligencia pueda hablar a la inteligencia de los demás y su corazón pueda abrir el corazón de sus semejantes… Nuestra misión evangelizadora radica, como señala san Agustín, en esto: sanar los ojos del corazón, para que todos puedan ver a Dios”. 

    La vida de Newman es una llamada a que nuestro conocimiento de Dios no se acredite por un expediente académico, sino que brote de una experiencia de amistad, aquilatada en la oración y que reclama ser comunicada. Razón y corazón, entrelazados, nos acercan a Dios. Y su disociación nos advierte de dos peligros que siempre han estado en el seno de la Iglesia, pero que hoy parecen florecer con fuerza: “Corazón sin razón”, puede derivar en un sentimentalismo inestable, haciendo depender la fe de un estado de ánimo. “Razón sin corazón”, puede degenerar en un voluntarismo que quiere alcanzar la fe a base de esfuerzos, planes y estructuras, sin dejar hueco a la sorpresa de la gracia. 

    Cor ad cor loquitur: el corazón habla a otro corazón. Este lema nos presenta la amistad entre distintos como un antídoto ante la intransigencia de las ideología, y nos muestra una vía para alcanzar a Dios. El corazón habla al corazón y alienta las razones para creer. 


Alfonso Crespo Hidalgo

Afinación necesaria

   
(Compartimos este maravilloso artículo escrito por Sor Miriam, 
dominica del Monasterio de la Santísima Trinidad de Orihuela)



 Los entendidos en el arte musical afirman la suma sensibilidad de los instrumentos para desafinarse. Basta un simple cambio de temperatura para alterar la armonía. Resulta fascinante la cualidad de distinguir si los sonidos están ajustados o no, así como la habilidad para restablecer su preciso tono. Nuestro principal instrumento para interpretar la existencia se cifra en la vida misma. Las coordenadas de tiempo, espacio y relaciones construyen la trama de la trayectoria vital. En cada una de ellas constatamos, una y otra vez, su intensa fragilidad, así como sus enormes posibilidades. 

    Este nuevo itinerario cuaresmal nos lleva al centro del ser y nos invita a la más genuina libertad. Un tiempo que sugiere dejar de lado temas menores y enfocar bien las líneas de fuerza que fundamentan la andadura, a menudo ofuscada por lo relativo, sujeta a inercias estériles o desgastantes. Un espacio de interioridad para identificar lo que estorba la vida, lo que resta coraje, aquello que bloquea la confianza y sostiene el servilismo. Una oportunidad para hilar fino la relación personal, tejer lento las relaciones con los otros, mirar hondo la propia verdad en su pura interpelación. 

    Desplegar el recorrido de la conversión como pregunta que incida en serio en lo concreto, para identificar desde dónde tenemos que regresar y hacia dónde hemos de dirigirnos para avanzar con el corazón despierto, la misericordia a pie de tacto, la escucha atenta como acogida sagrada del que llega o del que está, como sea que llegue o en la situación que se encuentre, asumiendo, eligiendo diría, que nos desinstale de las seguridades y supremacías.

     Seguro que algo habrá que afinar para recordar que Dios no nos considera cenizas, sino fermento y sal. 

Las comidas de María (Mary´s Meals)

(Artículo escrito por Jorge Fernández Sangrador, vicario general de la diócesis de Oviedo. Apareció publicado el pasado domingo en el diario La Nueva España.)

    El Premio Princesa de Asturias de la Concordia 2023 ha sido otorgado a Mary’s Meals, asociación de identidad católica, abierta a personas que tienen otros credos o ninguno, con sede en un cobertizo de la localidad escocesa de Dalmally (Argyll), ya que su fundador, Magnus MacFarlane-Barrow, no ha querido sacarla de ese espacio en el que nació y para que, así, se mantenga en su esencia y permanezca fiel a su finalidad constitutiva.

    Todo comenzó en 1983, cuando, leyendo el periódico, Magnus MacFarlane-Barrow, que tenía quince años, y sus hermanos se enteraron de que la Virgen María se estaba apareciendo a unos adolescentes en Medjugorje. Y allá se fueron, junto con unos primos y unos amigos, para conocer el sitio.

    La experiencia religiosa fue de tal intensidad que sus vidas cambiaron por completo, incluso siendo, como eran, fervientes católicos. Magnus lo resume así: «Nuestra Señora había venido a decirnos que Dios existía. Yo la creí en cada fibra de mi ser. Y decidí responder lo mejor que pude a la invitación de la Virgen en mi vida».

    Años más tarde fueron sus padres quienes regresaron a Escocia desde Medjugorje tan tocados, que convirtieron su pequeño negocio familiar, un hotel para pescadores, en una casa para que quien lo desee pueda retirarse a ella a hacer oración. Véase la página http://www.craiglodge.org.

    En noviembre de 1992, en el pub que frecuentaba con su hermano Fergus, Magnus vio unas escenas terribles sobre los sufrimientos que la gente de Bosnia-Herzegovina estaba padeciendo cuando lo de la limpieza étnica. Quedó impresionado. Y comenzó entonces a recoger alimentos y medicinas y a estudiar el modo de hacer llegar todo ese material a aquellas personas que carecían de lo más básico para subsistir. Y allá se fue de nuevo, al lugar en el que, años atrás, él había hecho el firme propósito de vivir por siempre jamás como amoroso hijo de la Virgen María.

    En 2002, en Malawi, alguien le dijo a Magnus que, si en los países más pobres del mundo se pudiera dar una comida diaria a los niños en la escuela, el tercer mundo saldría de la pobreza. Y añadió estas palabras: «Si alguien tomara esta idea, se la ofreciera a María, madre de Jesús, y la llamara Mary’s Meals (comidas de María), entonces sería posible».

    A partir de ese momento Magnus fue dándole vueltas a cómo llevar adelante tal iniciativa y lo logró. Es el programa que sufraga una comida diaria en la escuela a dos millones y medio de niños en dieciocho países y que la Fundación Princesa de Asturias ha galardonado con el Premio de la Concordia: Mary´s Meals.

    Estas historias y otras muchas son las que refiere Magnus MacFarlane-Barrow en su libro El cobertizo que alimentó a un millón de niños (Planeta). La traducción española es de 2017 y va por la tercera edición. Más reciente, de 2022, en español, es Give. La caridad y el arte de vivir con generosidad (Nueva Eva). Es una reflexión de Magnus sobre la caridad. No sobre la solidaridad, sino sobre el amor de caridad. Sobre la caridad teologal.

    A las familias católicas y a las personas que trabajan en Cáritas y en las parroquias les hará mucho bien la lectura del primero, el del cobertizo. Y es que no sólo jóvenes espabilados montaron en cobertizos, con piezas reutilizadas de otros instrumentos, los primeros ordenadores en California, sino que, en Escocia, un joven generoso, enamorado de la Virgen y de la Iglesia Católica, echó a andar, en un cobertizo también, un proyecto internacional de gran envergadura social, asistencial y caritativa, en el que la oración es la fuerza dinamizadora que hace real lo que a primera vista parece imposible: el de las comidas de María, que alimenta a millones de niños en el mundo bajo la condición de que acudan a la escuela, nutriéndose, así, de pan y de saberes.

    Y ni Magnus ni los voluntarios de Mary’s Meals se arrogan para sí mismos mérito alguno. Todo lo que hay de grande y de exitoso en ese proyecto no es atribuible a nadie más que a la Virgen María, de la que ellos son sólo unos insignificantes, ilusionados y entregados colaboradores.

El súper baño de realidad de la JMJ



(Artículo de Luis Ventoso publicado en El Debate, original pinchando aquí)

    La Iglesia Católica tiene sus problemas, y no los oculta. Probablemente los dos mayores sean los seminarios semi vacíos (la crisis de vocaciones) y las embestidas del creciente relativismo hedonista, que ha alejado a mucha gente del cristianismo, pues es -para bien- una fe exigente. La Iglesia también ha sufrido con la vergüenza de los abusos, y tampoco lo ha negado: ha pedido perdón y ha tomado medidas.

    Pero por resabios ideológicos, los problemas de la Iglesia han sido magnificados con saña por aquello que, para entendernos, podemos denominar el «progresismo» mediático y cultural. El nuevo anticlericalismo presenta a la Iglesia y a lo que representa como una institución y una fe caducas, de capa caída, que margina a las mujeres y a los homosexuales, que goza de privilegios fiscales y que está enfangada en la pederastia (aunque según el informe más fiable, el de ANAR y Save the Children, sus casos, aun siendo execrables, solo representan el 0,2% de los registrados en España).

    Si un paisano asiático en la inopia y ajeno al catolicismo llegase a nuestro país y se informase de la realidad de la Iglesia y sus fieles solo por nuestros medios de izquierdas, su conclusión sería que se trata de una fe en sus estertores, asfixiada por sus problemas y que ya no vende un peine, sobre todo entre los jóvenes. Sirva como ejemplo de esa visión sesgada la penosa cobertura de la JMJ que ha hecho TVE en sus telediarios, donde en lugar de resaltar los mensajes positivos y el éxito asombroso de la cita nunca faltaban cuñas negativas cebadas por las obsesiones anticlericales de nuestro «progresismo».

    El trampantojo de un catolicismo en ruinas es mendaz, y la JMJ de Lisboa lo ha vuelto a mostrar por todo lo alto y de la manera más cordial, abierta, satisfactoria y hasta divertida. No se me ocurre nada, que no sea la fe católica, capaz de reunir a las ocho y media de la mañana, en un domingo soporífero de agosto, a un millón y medio de chavales en un campo de Lisboa. Y lo hicieron para asistir a la Misa oficiada por un líder espiritual de 86 años, relegado a una silla de ruedas. O mejor dicho: lo hicieron porque creen en Jesucristo.

    La Jornada Mundial de la Juventud portuguesa ha dejado varias lecciones, que desmontan muchos topicazos. La primera es la demostración de que el catolicismo sigue moviendo la mente y el corazón de los chavales, muy especialmente de los españoles, que eran los más numerosos y joviales de la cita.

    La segunda es una simple lección de civismo, de saber estar: ni un solo incidente reseñable en un acto mega masivo. La tercera, y más importante, es la lección moral que les dejó el Papa. Parafraseando al gigante Juan Pablo II, les pidió que «no tengan miedo». Les recordó que la vida debe ser respetada siempre y en todas sus etapas (mensaje perfectamente censurado por nuestros medios zurdos). Clamó por la paz y los animó a conservar la naturaleza y a hacer el bien, escuchar y querer a los demás. ¿Algún problema? ¿Es un mal ideario?

    La cuarta lección la ofrece el ejemplo del propio Francisco frente a lo que él denomina la subcultura del «descarte». Un anciano que en junio sufrió una operación delicada, que lo mantuvo hospitalizado nueve días, un hombre que padece ciática y limitaciones para moverse por sus rodillas, era escuchado por un millón de veinteañeros y treintañeros con un silencio tal que se podía escuchar el paso de los aviones rasgando el cielo azul de la mañana lisboeta.

    Y hay una última lección, ya menor, de andar por casa, pero igualmente interesante ante cierta tontuna que impera en nuestro panorama político. Parte del acto central en Lisboa se celebró en español, uno de los tres idiomas más importantes del mundo, que es ya una suerte de lengua franca. Pero aquí alguna política sobrevalorada, en realidad de categoría Regional Preferente, pretende que el Congreso se convierta en una Torre de Babel lingüística en detrimento del español.

    No habrá chaval que no regrese de Lisboa con muchas horas de sueño atrasado, una sonrisa en el careto y el alma ensanchada. Pero no se preocupen, el equipo habitual seguirá con su monserga despectiva, displicente y desesperanzada.

A vueltas con la eutanasia



El Congreso de los Diputados ha aprobado hoy la Ley de Eutanasia. Os invitamos a compartir esta reflexión escrita por Saúl Suárez, médico y miembro de nuestra parroquia.

    Desde hace más de veinte años anoto el nombre de mis pacientes fallecidos en un archivo. Lo repaso de vez en cuando, cuando tengo que añadir otro nombre a la ya larga lista. Recuerdo la relación que tuve con ellos, quienes son sus familiares, algunas circunstancias relacionadas con las enfermedades en que les atendí. Con el paso de los años observo cada vez mayor número de nombres que van desdibujándose en mi memoria, algunos no los recuerdo en absoluto. En una ocasión, comentándolo con otro compañero, creyente a su modo, me dijo que él también hacía algo parecido. ¿Sabes?, me dijo: en esto nos parecemos a Dios. Él también guarda nuestros nombres en una lista, pero en su caso, desde antes de que existamos, durante nuestra vida terrena y también después. Pero a diferencia de nosotros, Él no olvida ningún detalle. Para Él, todos están vivos. 

    Dios, que es el ser que existe, el que es la Vida, nos crea y nos hace partícipes de esa esencia suya, aunque sea durante el breve soplo que es nuestra vida. Vivimos por su decisión, por su voluntad amorosa. Y permanecemos vivos en su memoria siempre. Por eso se dice que nos llama a su presencia cuando morimos, aunque nunca hemos dejado de estar con Él, pues nuestra vida es por su voluntad.  Por eso la vida humana es sagrada. No nos pertenece. La disfrutamos por Él, en Él y para Él. 

    En mis más de treinta años de profesión, me he encontrado muchas veces con la muerte. Unas veces ha sido el paso de los años la que la ha traído, plácidamente, como remate de una larga vida llena de experiencias. Otras veces ha sido prematura, por enfermedad o por accidente. Algunas veces, un final difícil. Ha habido temor, ha habido miedo. A veces, dolor. A veces, soledad. Pero han sido contados los casos en los que el paciente me ha expresado el deseo de morir. Llegado el caso, queremos vivir. Y cuando aceptamos que no podemos seguir viviendo, las mayores preocupaciones que los pacientes me expresan son: no quiero ser una carga para mi familia. No quiero que ellos sufran. Deseo que sepan aceptar mi marcha, que me acompañen y me despidan con cariño y entereza. Y no padecer dolor. 

Así es mi experiencia. La solicitud de eutanasia no me la he encontrado nunca por parte de enfermos terminales, con dolor o con insoportable sufrimiento de otro tipo. Me lo han pedido enfermos crónicos estables con limitaciones de movilidad, con miedo de lo que pudiera traer un futuro todavía bastante lejano. Personas que temían llegar a ser carga para su familia y enfermos psiquiátricos, depresivos, desencantados, suicidas incapaces de tomar por sí mismos la decisión de quitarse la vida.

    Más numerosos han sido los casos de familiares que anteponen sus propios miedos al bienestar del moribundo, bien tejiendo urdimbres de silencio alrededor de la enfermedad, bien negándose a aceptar el cercano final, como un espejo de sus propias aversiones al dolor y a la muerte. A veces he pensado si la eutanasia que solicitaban era para aliviar el sufrimiento del enfermo o para aliviar el sufrimiento de los familiares. Otras veces no, no quiero ser injusto con todos los que, de buena fe, creyeron que era lo mejor, tal vez apurados por el dolor de la situación. 

    En ocasiones, bien presionados por familiares o bien en respuesta a complejos propios, los mismos profesionales nos empeñamos en prolongar situaciones irreversibles más allá de todo lo razonable, emprendiendo cadenas de eso que se ha llamado encarnizamiento terapéutico. Limitar éste es posible, con las disposiciones del testamento vital, sobre el que ya está legislado, aunque pocas personas recurren a él. 

    Como médico, creo haber sido capaz de ayudar a paliar en gran medida el malestar, el dolor, la ansiedad, el sufrimiento. Sigo formándome para ello. Y veo que la mayoría de mis compañeros también lo hacen. Nos enfrentamos a esos momentos con una carga emocional propia, personal, pues la situación del enfermo terminal también nos sitúa ante el espejo de nuestros propios miedos e incertidumbres. En esos momentos, entiendo que se espera de nuestra profesionalidad superar nuestros complejos personales y dar respuesta con empatía, solvencia y eficacia a los problemas del final de la vida. Todo ello es factible técnicamente hoy en día con escasa necesidad de remedios complejos. Y llegado el caso, no me han dolido prendas en ocasiones para pautar tratamientos más drásticos para mejorar el confort y reducir el sufrimiento, aun a expensas de que tal vez pudieran acortar el tiempo de supervivencia; pero mi objetivo con estos remedios no era acabar con la vida, sino con el sufrimiento. 

    La situación acerca de los cuidados sanitarios en las fases finales de la vida en nuestro entorno tiene dos caras: los cuidados paliativos básicos están un poco en precario, como todo en Atención Primaria, por falta de personal, de tiempo y de organización. Pero, por otra parte, existen equipos de Cuidados Paliativos en el hospital y también a nivel de calle, para el área sanitaria de Oviedo, con cuatro médicos y cuatro enfermeras que tienen su base precisamente en el centro de salud donde yo trabajo, y que funcionan a pleno rendimiento. Conozco de su hacer por los casos que compartimos, y por los encuentros que tenemos a diario, donde observo la calidad humana y técnica los criterios con que trabajan. Mi opinión sobre su labor es óptima. Es cierto que no en todas partes tienen esa suerte. 

    Creo que los ciudadanos debemos exigir a nuestros Servicios Sanitarios, una adecuada atención paliativa que humanice la enfermedad grave y terminal, con los mínimos sufrimientos tanto para el paciente como para su familia. Eso, que a mi entender es lo principal, parece estar fuera de los debates actuales. Parece que la principal decisión que hay que tomar es poder decidir no cómo vivir plenamente esas etapas finales de la vida sino establecer cuándo una vida -propia o ajena- no merece la pena. Como si fuéramos nosotros los dueños de la vida. La propia o -peor- la de los otros. 

    Nuestros representantes políticos, por amplia mayoría, acaban de aprobar la ley de Eutanasia, con escaso debate no ya social o intelectual sino ni siquiera parlamentario. Cuando ruge la pandemia, y estamos como estamos, con nuestro sistema sanitario desbordado y al borde del colapso varias veces, el debate que necesita nuestra sociedad en este momento es otro mucho más básico. Afirmo que este hecho es significativo acerca de la cultura en que vivimos, de lo inmediato y lo superficial, y de nuestra bajísima calidad democrática y ética en la sociedad en general. Considerar la eutanasia como un derecho, y que decretar una ley que lo regule sea considerado una conquista me parece de una simpleza ética tan infantil como falaz, pero a fuerza de repetirse como un mantra, va a acabar convirtiéndose en un aserto más de nuestra cultura post-moderna y del discurso de la progresía pop.

    Vayamos ahora a objeciones prácticas. Con esta ley, ¿quién decide si todos estos, "una vez informados de las alternativas" están en su derecho a la eutanasia? Recuerdo una mujer joven, a la que se le había muerto un hijo pequeño de cáncer, que quería morir, tenía un sufrimiento psíquico muy intenso. ¿Aceptamos aplicarle la eutanasia para acabar con un sufrimiento así? Tengo otro caso de un enfermo con a una enfermedad neurológica degenerativa, pero que le provoca un dolor diario intenso para el que no hay remedio ni tratamiento, pero su vida no está en riesgo ni a corto ni a medio plazo. ¿Es una vida sin valor? La lista de casos que se me vienen a la cabeza es muy larga y variada; en mi imaginación nunca había echado en falta el recurso que ahora sus señorías van a poner en mis manos.

    Porque otro problema grave que veo en la cosa es quién y cómo se aplica la eutanasia: ¿el médico de cabecera -chico para todo una vez más- o creamos una especialidad de eutanatología, y le ponemos una consulta para poder remitir al paciente candidato con un volante cuando haya que usar sus servicios de acabador de algún ciudadano? De momento, los avances de protocolo que se barajan como forma de garantizar una correcta (¿) aplicación de la ley me parecen poco operativos, burocráticos y algo parecido a un tribunal, que juzgaría a quien sí y a quien no. Desarrollar todo esto va a conllevar bastantes gastos. A ver si va a haber recursos para matar cuando no los hay para curar.

    Otra duda que tengo es si mi empresa ahora me tiene que dar formación específica en esta ampliación de la cartera de servicios que prestamos a los usuarios del Sistema Nacional de Salud, para que aprenda a provocar la muerte a los pacientes que superasen el procedimiento de acceso a la misma. Porque de eso no hablaban nada ni en la carrera, ni en el programa formativo de la especialidad, ni lo pone en mi contrato laboral. He visto algunos debates en los que se acusa al médico que pone objeciones de conciencia a la eutanasia de ser un mal profesional, por anteponer sus reparos éticos al supuesto derecho del paciente. Me resulta indignante y ofensivo. 

    Evidentemente habrá que lidiar con la objeción de conciencia del profesional, que como en mi caso, va a decir: "ni sé, ni quiero aprender, ni lo voy a hacer si supiera" (ni la mayoría de los médicos que yo conozco). Sortear esta dificultad va a llevar, como el caso de la aplicación actual de la ley del aborto, a una eclosión de clínicas privadas -moritorios, o casas del buen morir- a donde derivar estos casos, para que se lucren algunos. 

    Finalizo. Dado que el asunto ya está aquí, os animo a que penséis en ello. Y más allá de la política y del vocerío en los medios de comunicación y redes sociales, a que disfrutéis con vuestros familiares y allegados enfermos con cercanía, solicitud, discreción. A que valoréis la vida que el Señor nos da y entre todos nos ayudemos a erradicar la soledad, el miedo y el dolor. Como casi siempre en medicina, y en todo lo que atañe al ser humano, creo que la respuesta es ponerse en la piel del otro, y mirar la vida –y su final- a los ojos. 

    Puestos en las manos amorosas del Señor, y dándole gracias por su infinita bondad. 


Saúl Suárez 
Médico de familia.



La vida es un don, la eutanasia un fracaso

    Por la importancia que tiene en un momento de extrema gravedad, cuando se banaliza el recuento de los muertos durante la pandemia con tramposa contaduría y, en vísperas de la Navidad se pretenden colar leyes intrusas, lesivas y torticeramente impuestas sobre la educación y la vida, en la vulnerabilidad de la sociedad confinada por una pandemia, me permito publicar en su integridad la nota que hemos preparado y aprobado los obispos españoles a propósito de la eutanasia: 

    «El Congreso de los Diputados está a punto de culminar la aprobación de la Ley Orgánica de regulación de la eutanasia. La tramitación se ha realizado de manera sospechosamente acelerada, en tiempo de pandemia y estado de alarma, sin escucha ni diálogo público. El hecho es especialmente grave, pues instaura una ruptura antropológica y moral; un cambio en los fines del Estado: de defender la vida a ser responsable de la muerte infringida; y también de la profesión médica, llamada siempre a intentar la curación o mejoría del paciente y nunca a provocar intencionadamente la muerte. Es una propuesta que hace juego con la visión cultural de los sistemas de poder dominantes en el mundo. 

    La Congregación para la Doctrina de la Fe, con la aprobación expresa del Papa Francisco publicó la Carta Samaritanus bonus sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida. Este texto ilumina la reflexión y el juicio moral sobre este tipo de legislaciones. También la Conferencia Episcopal Española con el documento Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida ofrece unas pautas clarificadoras sobre la cuestión.

      Urgimos a la promoción de los cuidados paliativos, que ayudan a vivir la enfermedad grave sin dolor y al acompañamiento integral, por tanto, también espiritual, a los enfermos y a sus familias. Este cuidado integral alivia el dolor, consuela y ofrece la esperanza que surge de la fe y da sentido a toda la vida humana, incluso en el sufrimiento y la vulnerabilidad. 

    La pandemia ha puesto de manifiesto la fragilidad de la vida y ha suscitado solicitud por los cuidados, al mismo tiempo que indignación por el descarte en la atención a personas mayores. Ha crecido la conciencia de que acabar con la vida no puede ser la solución para abordar un problema humano. Hemos agradecido el trabajo de los sanitarios y el valor de nuestra sanidad pública, reclamando incluso su mejora y mayor atención presupuestaria. La muerte provocada no puede ser un atajo que nos permita ahorrar recursos humanos y económicos en los cuidados paliativos y el acompañamiento integral. Por el contrario, frente a la muerte como solución, es preciso invertir en los cuidados y cercanía que todos necesitamos en la etapa final de esta vida. Esta es la verdadera compasión. 

     La experiencia de los pocos países donde se ha legalizado nos dice que la eutanasia empuja a la muerte a los más débiles. Al otorgar este supuesto derecho, la persona, que se experimenta como una carga para la familia y un peso social, se siente invitada a morir cuando una ley la presiona en esa dirección. La falta de cuidados paliativos es también una expresión de desigualdad social. Muchas personas mueren sin poder recibir estos cuidados y sólo cuentan con ellos quienes pueden pagarlos. 

    Con el Papa decimos: “La eutanasia y el suicidio asistido son una derrota para todos. La respuesta a la que estamos llamados es no abandonar nunca a los que sufren, no rendirse nunca, sino cuidar y amar para dar esperanza”. 

     Invitamos a responder a esta llamada con la oración, el cuidado y el testimonio público que favorezcan un compromiso personal e institucional a favor de la vida, los cuidados y una genuina buena muerte en compañía y esperanza. 

     Por tanto, convocamos a los católicos españoles a una Jornada de ayuno y oración el próximo miércoles 16 de diciembre, para pedir al Señor que inspire leyes que respeten y promuevan el cuidado de la vida humana. Invitamos a cuantas personas e instituciones quieran unirse a esta iniciativa. 

    Nos acogemos a Santa María, Madre de la Vida y Salud de los enfermos y a la intercesión de San José, patrono de la buena muerte en su año jubilar».

 + Jesús Sanz Montes, Arzobispo de Oviedo

Reflexiones ante la pandemia


Ante algunos bulos peligrosos y desinformaciones que están difundiéndose por las redes sociales en los últimos tiempos, es conveniente aportar reflexiones medidas y razonadas, basadas en buenos argumentos científicos y que contribuyan a que todos nos hagamos una idea más clara y convincente de lo que tenemos o no tenemos que hacer ante la pandemia, especialmente en este momento en que el control sobre la misma que parecíamos tener se nos está viniendo abajo, con los brotes que están surgiendo.

Uno de los bulos es el de que el uso de la mascarilla es perjudicial. Es completamente falso. Sólo hay unas pocas situaciones en las que una mascarilla de tela o de tipo quirúrgica pueda perjudicar a la salud del que la lleva, y son los casos de enfermos respiratorios graves (los que necesitan suministro continuo de oxígeno y pocos más). Estos, precisamente, no suelen salir a la calle, principalmente, porque no pueden. Y los que sí pueden salir, con equipos de oxígeno portátiles, pues que no se expongan: salir sólo a las compras o a hacer el poco ejercicio que tengan prescrito, dando un paseo cerca de casa y sin meterse en locales cerrados.

Bien, la mascarilla no perjudica pero, ¿es realmente útil para contener la extensión del virus? La respuesta es, indiscutiblemente, sí. Y me explico: la mascarilla no elimina por completo que un infectado lance partículas al aire con el virus, pero reduce su número, su tamaño y la distancia a las que las envía. Es decir, reduce su infecciosidad. Porque una persona no se contagia por recibir algún virus, sino por inhalar una cierta cantidad de virus, que será diferente para cada persona, en función de su estado de salud o del estado de su sistema inmunitario. Por lo tanto, es importante, en el caso de que alguien sea contagioso, que difunda a su alrededor la menor cantidad de virus posible, pues así va a provocar menos contagiados entre las personas a las que se acerque. 

Pero tan importante como evitar ese primer contagio es el hecho de que todos los que hubieran sido contagiados y han conseguido librarse ya no van a ser nuevos vectores de contagio a terceros, ni estos terceros van a contagiar a cuartos, etc. Por eso, aunque el uso de mascarilla es individual, la protección que nos proporciona como colectividad viene del hecho de que la usemos todos o casi todos. Es decir: si sólo yo la usase, casi fijo que acabaría por ser contagiado, antes o después. En esto es en lo que se basan los que afirman que la mascarilla no es eficaz. Pero si la usamos todos, la cantidad de contagiados al cabo del tiempo va a ser mucho menor. Por lo tanto, usando la mascarilla todos salvaremos vidas entre todos. Y ganaremos tiempo mientras esperamos por la vacuna.

Tenemos que revisar si nuestras reticencias ante el uso de la mascarilla no serán por dejadez, vagancia, rebeldía mal entendida ante las autoridades, simple ignorancia, o directamente,  por insolidaridad. Pues, en efecto, usarla es engorroso, molesto por el calor, porque tira la goma en las orejas o porque no se puede hablar con comodidad. Pero ante el hecho de que puedo aportar mi grano de arena en la lucha contra este virus que tanto dolor y daño nos está causando a todos, creo que intentar escaparnos de usarla es, sencillamente, no entender o no querer entender la responsabilidad cívica que todos tenemos con todos.

Usar la mascarilla no es llevarla en la barbilla, colgando de la oreja o en el brazo: es usarla correctamente. Lo demás es, como dicen los chavales, postureo, y nada más.


Desgraciadamente, la protección total sólo es posible si no salimos de casa nadie. Por ello, cuando ha sido posible, se ha ido abriendo la actividad social en todos los ámbitos. Ello, evidentemente, incrementa el peligro de que surjan brotes, y en esas estamos. El virus no se ha ido, sigue con nosotros. Tenemos que seguir siendo prudentes. Un consejo general: pensar en todo momento lo que hacemos y lo que dejamos de hacer, y ser perezosos en reanudar toda la vida social que hacíamos antes. Es verdad que hay que generar consumo para que el comercio y la hostelería puedan sobrevivir, pero no tenemos por qué hacerlo de forma insegura. Y para ver a algún familiar o amigo no hace falta montar una reunión con 50 personas. Si necesitamos un cambio de aires, buscar una forma tranquila de hacerlo, que ya habrá tiempo de festivales y aglomeraciones multitudinarias cuando esto haya pasado

Otra reflexión, esta vez personal, que quiero compartir: el hecho de que las autoridades hayan dado normas  a veces contradictorias nos obliga a hacer un esfuerzo por informarnos y generar un criterio propio bien fundamentado, no a tirar por la calle del medio e ignorar las normas que nos van proponiendo. Eso es una actitud infantil, que claramente se ve reflejada en las redes sociales, donde predominan casi siempre las voces de los más exaltados, o de los que pretenden manipular a la gente para que apoye o deje de apoyar a determinados partidos políticos. Por lo tanto, recomiendo seguir el criterio de los científicos, y no el de los influencers o de los cuñados vocingleros

Y por ello, cuando nos surja algún problema concreto en relación con la pandemia del coronavirus, nuestro interlocutor primero tiene que ser nuestro médico o nuestra enfermera del Centro de Salud. No es cierto que los Centros de Salud estén cerrados. Están activos y  trabajando duramente. Lo que tenemos restringido es el acceso directo a ellos a nuestra voluntad. Hay una razón importante para que sea así: en esta coyuntura epidemiológica debe haber la menor cantidad de personas posible circulando por los centros sanitarios. Pero ello no significa que no se nos vaya a atender si lo necesitamos. Realmente, muchísimas de las consultas que solíamos hacer cara a cara se pueden resolver de forma telefónica, especialmente si nuestro médico o nuestra enfermera nos conocen. Y cuando no se pueden resolver de esta forma, ellos mismos dan cita presencial, casi siempre para el mismo día o el día siguiente. Las cosas urgentes se atienden en el momento, como siempre. Ahora bien, también en esto tenemos que intentar hacer un uso razonable de los servicios sanitarios, y dejar para más adelante las consultas por cosas de poca importancia, que llenan horas y horas del tiempo de los sanitarios, generando esperas para las cosas más graves. Y, por el contrario, una vez superada la fase grave de la pandemia, todos los enfermos crónicos deben ir solicitando retomar progresivamente las consultas para el control de esos problemas, no urgentes pero sí serios, que habían quedado un poco a la espera estos meses.

Para finalizar: evitemos los sitios concurridos, los sitios cerrados, los lugares donde no sea posible guardar las distancias. Dejemos la vida social todavía un poco a medio gas. Mantengámonos bien informados. Y hablemos con los adolescentes y jóvenes para que comprendan que sus acciones son trascendentes e importantes, y por tanto, sean respetuosos con las normas también en los espacios de ocio o de encuentro con sus amigos.  

Y sobre todo, el mensaje principal: ante la más mínima sospecha de que pudiéramos haber sido contagiados, no podemos seguir con lo que teníamos previsto, sea trabajo u ocio: aislémonos antes de nada y pidamos instrucciones por teléfono. 


Saúl Suárez, médico de familia. Miembro de la Parroquia de San Julián

Plan para resucitar


El papa Francisco escribe en la revista Vida Nueva una reflexión inédita para una Pascua marcada por el coronavirus. A partir del “alégrense” de Jesús a las mujeres, reivindica la “civilización del amor”. Francisco llama a contagiarse con “los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad” para la reconstrucción en el día después de la pandemia."

Puedes leer el documento íntegro de Plan para resucitar en este enlace

Entrevista a nuestro párroco

En El Comercio de hoy podéis leer una entrevista a nuestro párroco. Aunque se habló de muchos aspectos de la parroquia que se quieren potenciar (Consejo Pastoral Parroquial, Consejo Económico, grupos de formación de adultos, niños y jóvenes, encuentros de oración , la puesta en marcha de Vida Ascendente), la actualidad manda y ya veis que el desvío de la autopista copa casi todo el espacio.

Pincha aquí para acceder a la entrevista completa

horarios e información

Misas

Laborales, sábados y visperas de festivo:

18:30 (octubre a junio)

19:30 (julio a septiembre)

Domingos y festivos

11:00, 12:00 y 13:00 (octubre a junio).

11:00 y 13:00 (julio a septiembre).

Horarios especiales de Navidad aquí.

Bautizos:

Segundo y cuarto domingo de cada mes tras la misa de las 13:00.

Celebración de Sacramentos

Consulta aquí los criterios para celebrar sacramentos en nuestra parroquia.

Solicitud Certificados

Descarga aquí la solicitud y preséntala en el despacho parroquial con una copia del DNI del solicitante (el trámite puede hacerlo una persona autorizada por el mismo).

El coste de un certificado es de 15€ que se pueden abonar en metálico o mediante ingreso en la cuenta ES12 0081 5307 7500 0109 1712.

Consulta aquí el coste de misas, ofrendas de sacramentos y aranceles.

Despacho parroquial

Miércoles y jueves

Octubre a junio: de 19:30 a 20:30.

Julio a septiembre: de 20:00 a 21:00.

Teléfonos: 626 279 470 / 985 28 55 82

Confesión

Todos los días antes de misa, cuando se solicite.

Visitas

Consulta aquí los horarios de visita.

Donativos

Consulta aquí cómo donar a la parroquia.

EVANGELIO

Al día siguiente vió venir a Jesus y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: En pos de mí viene un varón que ha pasado delante de mí, porque era primero que yo. Yo no le conocía; mas para que El fuese manifestado a Israel he venido yo, y bautizo en agua.

Evangelio de San Juan

Capítulo 1:29-31

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque el juicio que vosotros hacéis, se aplicará a vosotros, y la medida que usáis, se usará para vosotros. ¿Por qué ves la pajuela que esta en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que está en tu ojo?

Evangelio de San Mateo

Capítulo 7:1-3

Si, pues, vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial os perdonará también; pero si vosotros no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestros pecados”.

Evangelio de San Mateo

Capítulo 6:14-15

Y cuando os ponéis de pie para orar, perdonad lo que podáis tener contra alguien, a fin de que también vuestro Padre celestial os perdone vuestros pecados. Si no perdonáis, vuestro Padre que está en los cielos no os perdonará tampoco vuestros pecados.

Evangelio de San Marcos

Capítulo 11:25-26

"Ahora bien, en la Ley, Moisés nos ordenó apedrear a tales mujeres. ¿Y Tú, qué dices?". Esto decían para ponerlo en apuros, para tener de qué acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir en el suelo, con el dedo. Como ellos persistían en su pregunta, se enderezó y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, tire el primero la piedra contra ella”.

Evangelio de San Juan

Capítulo 8:5-7